Lo que más llama la atención al sacarlo de la caja

El acabado metálico es lo primero que se nota. Nada de plástico barato que parece que se va a partir al primer descuido. Es pequeño, denso, con una tapa que encaja con ese clic satisfactorio que da confianza. Para guardarlo en el bolsillo o dejarlo colgado en el portátil sin que moleste, funciona perfectamente.

Lo usé para mover una carpeta de unos 12 GB con archivos de edición de vídeo, y la diferencia con un pendrive normal fue inmediata. Sin esperas eternas mirando la barra de progreso. A velocidades reales de lectura cercanas a lo que promete la caja, cosa que no pasa siempre.

Para quién tiene sentido (y para quién no)

Si lo que necesitas es un pendrive para llevar documentos de Word de reunión en reunión, este no es tu producto. Con 256 GB y USB 3.2, estás pagando por prestaciones que no vas a aprovechar. Para eso hay opciones más baratas.

Pero si mueves archivos grandes con frecuencia, haces copias de seguridad de proyectos, o simplemente quieres algo que dure y no te falle a los seis meses, la cosa cambia. Aquí sí tiene sentido el gasto.

Mi única reserva honesta: el precio. A 33 euros no es un chollo de esos que te hacen dar palmas. Es un precio justo para lo que ofrece, pero tampoco hay descuento que justifique la urgencia. Si lo ves bajar de 25 euros, ese sí sería el momento.